jueves, 28 de julio de 2022

Ciencia y filosofía, ¿enemigos o aliados?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«La concepción materialista de la historia también tiene ahora muchos amigos de ésos, para los cuales no es más que un pretexto para no estudiar la historia. (...) Nuestra concepción de la historia es, sobre todo, una guía para el estudio y no una palanca para levantar construcciones a la manera del hegelianismo. Hay que estudiar de nuevo toda la historia, investigar en detalle las condiciones de vida de las diversas formaciones sociales, antes de ponerse a derivar de ellas las ideas políticas, del derecho privado, estéticas, filosóficas, religiosas, etc., que a ellas corresponden». (Friedrich Engels; Carta a Konrad Schmidt, 5 de agosto de 1890)

Según la RAE, por «filosofía» se define: «Conjunto de saberes que busca establecer, de manera racional, los principios más generales que organizan y orientan el conocimiento de la realidad, así como el sentido del obrar humano». Y, por «ciencia»: «Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente». Estas acepciones no son incorrectas, pero sí algo inexactas ya que se omite el hecho de que las ciencias necesitan de la filosofía −que, como afirmó Engels, solo es la «ciencia del pensamiento»− y viceversa. Esto no es muy complejo de entender: 

a) El filósofo que trate de «filosofar» sin apoyarse en las demás ciencias −economía, historia, derecho, biología, etcétera− se encontrará en un laberinto sin salida, pronunciándose categóricamente y valiéndose de dudosas abstracciones que jamás ha podido comprobar, salvo de oídas. 

b) Mientras que el científico que pretenda hacer «ciencia específica» sin una visión filosófica, le ocurrirá más de lo mismo; cometerá uno y mil desatinos con extremada facilidad, no podrá ni operar ni sintetizar sus conclusiones de la mejor forma posible, en sus explicaciones carecerá de un marco teórico capaz y convincente. 

¿Por qué? Porque, aunque sea conocedor de una realidad científica como −por ejemplo− la existencia de la ley gravitatoria, si filosóficamente la interpreta como una percepción que tenemos los humanos y no como una ley que ocurre independientemente del hombre, hallará sus causas −si es que las busca− en la vida imaginaria, no en la vida real, pues estará negando directamente esta última.

Sin embargo, aún hoy existen filósofos de viejo cuño, como los «reconstitucionalistas», que se oponen frontalmente a la antes expuesta consideración, es decir, a analizar la filosofía y el resto de ciencias bajo una unidad donde ambas partes poseen su debida importancia y su campo predilecto de estudio. En cambio, ellos conciben una extraña relación entre filosofía y el resto de ciencias donde se contempla que la primera sobrepasa y domina a las segundas sin discusión, como acostumbraban los antiguos filósofos. Recordemos que, para la «Línea de la Reconstitución» (LR), esto ha tenido que ser así porque, según ellos: a) el marxismo «no puede reducirse al estatuto de simple ciencia» (Línea Proletaria, Nº3, 2018); b) el marxismo «no ha sobrepasado del todo el marco del pensamiento y de la práctica burgueses» (La Forja, Nº33, 2005); c) de hecho, para la LR más bien hubo una «constricción positivista del marxismo» (La Forja, Nº35, 2006); d) habiendo pecado de «economicismo, pragmatismo e instrumentalismo» (La Forja, Nº27, 2003); e) concibiendo a la humanidad como «entidad cognoscente separada, pasiva, ajena al devenir del mundo objetivo» (Línea Proletaria, Nº3, 2018). 

Por todo esto y mucho más, concluyen que su nueva «filosofía de la praxis», con su «teoría-práctica-teoría» y «autoconciencia», ha de ser la nueva punta de lanza para superar al viejo marxismo. ¡Clarísimo! Véase el subcapítulo: «La «Línea de Reconstitución» y sus intentos de institucionalizar una filosofía voluntarista y teoricista» (2022).

Para dar réplica a esta sarta de improperios que ha recibido el materialismo histórico-dialéctico, lo mejor será que nos remitamos a uno de los teóricos marxistas de «segunda generación», Antonio Labriola, licenciado y experto en filosofía. Una vez las veces, en una de sus cartas personales recogidas en «Filosofía y socialismo» (1897), se refirió a la propia filosofía simplemente como la «concepción general de la vida y del mundo»; mientras que en «Del materialismo histórico» (1896) añadiría que la filosofía suele ser «anticipo genérico de problemas que la ciencia tiene que elaborar aun específicamente» o «resumen y elaboración conceptual de los resultados a que la ciencia llegó ya».  

Esto no significa, como vimos anteriormente, que el marxista italiano no se mofase de aquellos que consideraban el corpus doctrinal del materialismo histórico de Marx y Engels «no como un producto del espíritu científico, sobre el que la ciencia tiene en verdad incontrastable derecho de crítica, sino como las tesis personales de dos escritores», como simples «opiniones de compañeros de lucha». Para él, esto era consecuencia de «espíritus demasiado simples» que no habían hecho el esfuerzo de aprender las bases de esta filosofía, personajes «demasiado inclinados a las conclusiones fáciles, a disparatar lindamente». Véase el capítulo: «¿Existe una doctrina revolucionaria identificable o esto es una búsqueda estéril?» (2022).

miércoles, 13 de julio de 2022

Marxismo y positivismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«Este capítulo, el cual lo consideramos como uno de los más importantes, servirá para abordar y fulminar de una vez por todas la típica acusación hacia el marxismo de que este no ha dejado de ser, en lo fundamental, sino una variante del positivismo; o como mínimo que siempre ha estado íntimamente contaminado por él. Para tal tarea hemos considerado imprescindible indagar debidamente sobre los orígenes del polémico «positivismo» y reflexionar en torno a principios fundacionales. Pero no solo nos quedaremos ahí, sino que será menester realizar también una comparación con las propuestas y pensamientos de los marxistas, así como conocer qué opinión les merecía este dichoso movimiento. 

Los temas a abordar serán los siguientes: 1) orígenes y antecedentes del positivismo; 2) la ley de los «tres estadios» de Comte y su concepto de «progresión»; 3) el método inductivo y el método deductivo; 4) el enfoque metafísico en la teoría del conocimiento; 5) el intento mecánico de trasplantar los métodos de las ciencias naturales a las ciencias sociales; 6) la sociología positivista y sus recetas reaccionarias; 7) las nociones y métodos de la historiografía positivista; 8) el lema «orden y progreso» como eje para la economía política; 9) los intentos de conciliar ciencia y religión; 10) los revisionistas del siglo XIX y los intentos de reconciliar el positivismo y el marxismo; y por último, en los apartados 11) y 12), daremos unas notas finales sobre la nada novedosa acusación de los «reconstitucionalistas» de que el marxismo nunca superó el positivismo.


Orígenes y desarrollos del positivismo

«En este momento estudio a Comte, visto que franceses e ingleses organizan tanto ruido en torno al tipo. Lo que les deslumbra es su aspecto enciclopédico, la síntesis. Pero es lamentable comparado con Hegel −aunque Comte, en tanto que matemático y físico resulta superior por su profesión, quiero decir superior en el detalle, Hegel, incluso en eso, es infinitamente más importante en su conjunto−. ¡Y toda esta mierda del positivismo apareció en 1832!». (Karl Marx; Carta a Friedrich Engels, 7 de julio de 1866)

En cuanto al polémico «positivismo», creado por Auguste Comte (1798-1857), se puede decir que fue el clásico movimiento filosófico que en su día tuvo grandes pretensiones de «superar el idealismo y el materialismo», como luego intentarían el «raciovitalismo» de Ortega y Gasset y otros, aunque con el mismo poco éxito. Sus preceptos penetraron hasta el tuétano en ámbitos como historia, geografía, sociología, física, biología, arqueología y demás, lo que causó una exasperación entre las escuelas tradicionales y entre los grupos no conformes con el nuevo statu quo que este estableció. Y aunque hoy parezca estar de capa caída, lo cierto es que en su momento el positivismo llegó a ser hegemónico en la mayoría de países capitalistas occidentales, aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que, en buena parte, el positivismo original se entremezcló con derivaciones y sucedáneos, como lo fueron el «evolucionismo» de Spencer o el «pragmatismo» de James. Esto significó que a veces ha resultado verdaderamente complejo analizar cuál fue la principal fuente deudora de ese pensamiento imperante. Si el lector desea ejemplos concretos de la epidemia que ha sido el positivismo, recomendamos echar un vistazo a nuestros documentos críticos en torno a las instituciones oficiales, especialmente aquellas relacionadas con el ámbito educacional. Véase el capítulo: «¿Buscamos adoctrinar, debemos ser tendenciosos en nuestra educación?» (2021).

Los marxistas de mediados del siglo XX no solo no simpatizaban con el positivismo, sino que se esforzaban en aclarar que este no tenía mucho que ver con el materialismo filosófico, ya que por su agnosticismo y falta de contundencia debía ser calificado como una especie de «idealismo vergonzante»:

«El positivismo no fue un materialismo. La identificación del positivismo con el materialismo es un desorden desencadenado por la Iglesia y los filósofos idealistas, que buscaron desacreditar el materialismo a través del positivismo». (Georges Politzer; Después de la muerte de Bergson, 1941) 

Los filósofos soviéticos enfatizaban cómo los académicos de las universidades de Oxford y Cambridge habían perpetuado y matizado el viejo positivismo para prolongar su vida:

«Este positivismo científico ha sido popularizado en los últimos años por Eddington, Bertrand Russell y otros en ciencia, y por Durkheim y Levy Bruhl en sociología. Como bien discernió Lenin, abre de par en par la puerta al solipsismo y la superstición y los teólogos la han aprovechado con entusiasmo para apuntalar el irracionalismo y el sobrenaturalismo». (M. Shirokov; Un manual de filosofía marxista, 1937)

Esto es entendible, en las postrimerías del siglo XIX y XX el pensamiento positivista iba como anillo al dedo a los gobernantes. Lo mismo servía para apoyar las carnicerías coloniales que los programas eugenésicos, todo bajo el halo de estar operando estrictamente bajo las evidencias de la «ciencia»; o en su defecto relativizando los aspectos negativos y enormes sacrificios que causaban estos proyectos en pro del presunto «progreso general». Para que el lector nos entienda, si el «posmodernismo» del siglo XX fue una filosofía irracional con la que se pretendía «transgredir lo establecido» pero sin trastocar nada, el «positivismo», fue, más bien al contrario, era una fórmula pretendidamente «racional» para justificar o relativizar el sistema político imperante, para «reformarlo lógicamente», sin demasiadas conmociones. Ambas se presentaron, en mayor o menor medida como «transformadoras». Por esta razón ambas siguen siendo a su manera herramientas útiles, engañabobos de los que se valen los poderosos.

Si bien esto valdría para dar por finalizada la discusión y considerar derrotados a nuestros «reconstitucionalistas», uno podría argumentar algo como que: «Aunque Marx y Engels se opusieran en apariencia al positivismo, estos podrían haber tomado prestadas sus concepciones bajo otro disfraz sin que lo supieran. ¿Acaso no creía Feuerbach con su materialismo haber superado al idealismo mientras que en sus concepciones caía en él múltiples veces?». ¡En efecto! Por tal motivo vayamos más allá… analicemos y contrapongamos sin miedo el positivismo y sus fundamentos, a ver hasta qué punto son compatibles con el marxismo. ¿Nos acompañan?

jueves, 23 de junio de 2022

¿Bajo qué argumentos se niega el carácter científico del marxismo?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«Cuando se afirma que «el marxismo-leninismo es ciencia», muchos entran en pánico, otros se atragantan, y otros sonríen malévolamente. A nosotros también nos divierte escuchar los argumentarios que existen para desechar tal obviedad confirmada diariamente. En realidad, como cada uno da su definición de «marxismo-leninismo» y «ciencia», esto resulta algo así como cuando Yahvé castigó a los trabajadores de la Torre de Babel haciendo que cada uno hablase en un idioma diferente. Por esto, antes de continuar con un debate así de estéril, lo primero es aclarar conceptos para saber de qué hablamos en cada momento. Veamos una de las definiciones de «ciencia» que nos otorgaron los filósofos soviéticos en época de Stalin:

«Ciencia: La suma, el conjunto de los conocimientos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, acumulados en el curso de la vida histórico-social. «…el objetivo de la ciencia consiste en dar un exacto... cuadro del mundo» (Lenin). La ciencia tiende a describir el mundo, no en la variedad aparentemente caótica de sus diversas partes, sino en las leyes, que trata de hallar, con arreglo a las cuales se rigen los fenómenos: tiene por objeto explicarlos. En todos los dominios del conocimiento, la ciencia nos revela las leyes fundamentales que rigen dentro del aparente caos de los fenómenos. La ciencia se desarrolla y avanza con la evolución de la sociedad; su progreso consiste en que llega a reflejar la realidad cada vez más profunda y exactamente. Como una de las formas de la actividad ideológica, la ciencia nace sobre la base de la actividad práctica productiva de los hombres. En cada etapa de la historia, representa el grado alcanzado hasta entonces en cuanto al conocimiento de las leyes de la realidad y está orientada hacia el cambio del mundo, es decir, hacia el dominio y utilización de las fuerzas de la naturaleza y hacia el cambio de las relaciones sociales». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico, 1940)

A su vez, por «marxismo-leninismo», estos entendían «la teoría del movimiento de emancipación del proletariado». Dicha teoría estaría formada por «la filosofía del marxismo» como herramienta para conocer el mundo y transformarlo. Por esto mismo, entendían que por «filosofía» hemos de comprender simplemente «la ciencia sobre las leyes más generales que rigen el desarrollo de la naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento». ¿Y qué se entendía por «ley»? Pues «La expresión de los aspectos y conexiones más generales, más sustanciales de la realidad material», y por eso, «las leyes científicas expresan con mayor profundidad y plenitud que las percepciones sensoriales directas, el cuadro del mundo objetivo». 

Esta filosofía está dividida en dos grandes bloques generales: a) el «materialismo dialéctico» que «es la ciencia filosófica sobre las leyes más generales del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento, la concepción filosófica del partido»; y b) el «materialismo histórico», que «es la aplicación consecuente de los principios del materialismo dialéctico al estudio de los fenómenos sociales». Concluían, pues, que a fin de cuentas «el marxismo es una ciencia creadora», siendo «una teoría revolucionaria, como guía para la acción». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico, 1940)

Aquí se exponía nítidamente la interrelación entre «filosofía» −o «ciencia del pensamiento», como la denominó Engels en su «Dialéctica de la naturaleza» (1883)− y el concepto de «ciencia» a nivel genérico, es decir, «el conjunto de los conocimientos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, acumulados en el curso de la vida histórico-social». Y, por ende, si por las necesidades de la vida cada ciencia tiene «su tema de investigación particular», es normal que a su vez existan dos grandes bifurcaciones generales −«materialismo histórico» y «materialismo dialéctico»−, como así también toda una serie de ramificaciones concretas −«química», «historia», «biología», «sociología», etcétera−. Esta división se basa en las famosas palabras de Marx y Engels en «Ideología alemana» (1846) sobre la ciencia, donde habría que estudiar la historia del hombre y la historia de la naturaleza. Por tanto, hablamos de que el marxismo-leninismo es un movimiento político con una teoría para alumbrar la práctica, y que esta se vale de diversas ciencias generales y particulares como palancas, tanto para enfocar de forma concreta y precisa los distintos fenómenos, como también para sistematizar sus resultados. Es decir, se organizan distintas graduaciones del saber no por capricho, sino por la misma «diversidad» −grados o estratos− de la materia. De esta manera, por poner un ejemplo, el «materialismo histórico» estudia, como ciencia más general de lo social, los aspectos globales, abstractos, sus leyes fundamentales, mientras que la «historia», como ciencia más concreta, más determinada en lo cronológico, está mucho más limitada al acontecer de la sucesión de los hechos y cuenta con leyes más acotadas a esa esfera que explican dicha causalidad.

Aclaraciones y notas sobre el materialismo histórico

A continuación, expondremos un ejemplo básico de la vida diaria para comprobar cómo se manejan estos conceptos, y qué relación establecen entre sí. La «economía», la «prehistoria», la «arqueología» o la «historia», como ciencias sociales, nos permiten descubrir cómo y en qué época la moneda llegó a la Península Ibérica, con las colonias de Emporion y Rode, así como su impacto en las poblaciones indígenas de alrededor. Por otro lado, el «materialismo histórico», con todo su conocimiento acumulado más genérico, nos ayuda a detectar que, al igual que ocurrió en otras sociedades análogas, la introducción de la moneda contribuyó enormemente a cambiar la fisonomía de la sociedad, siendo, en este caso, una fuerza motriz en el cambio socioeconómico radical que sufrieron estos pueblos ibéricos, influenciando a su vez en otras formas psicológicas, nuevos modelos artísticos, militares, diferentes comportamientos y convenciones sociales, etcétera. 

miércoles, 15 de junio de 2022

¿Qué pensaba Plejánov sobre la irrupción de Bernstein, sus pretensiones y el apoyo que recibía de los detractores del marxismo?

«Lo mismo podría decirse del libro del señor Bernstein: todo en él es disparate y sonido de palabras huecas, pero precisamente es esta variedad la que induce a melancólicas reflexiones en el atento lector. En todo lo referente a cuestiones teóricas, el señor Bernstein se muestra el más débil entre los débiles. ¿De qué manera ha podido ocupar en el curso de muchos años uno de los puestos teóricos más conspicuos dentro del partido? Habría que meditar sobre ello. Y no es fácil encontrar una respuesta que nos deje tranquilos. Otra cuestión no menos importante: según el señor Bernstein tan sólo subsisten unos débiles vestigios del socialismo. En verdad, Bernstein está mucho más cerca de los partidarios pequeño burgueses de las «reformas sociales» que de los socialdemócratas revolucionarios. A pesar de esto, sigue siendo un «camarada» y nadie le ha pedido que se vaya del partido. Esto se explica, en parte, por una errónea actitud hacia la libertad de opinión, muy difundida a la sazón entre los socialdemócratas. Ellos dicen: «¿Cómo es posible expulsar a un hombre del partido por culpa de sus opiniones? Esto equivale a una persecución por herejía». Las personas que razonan de este modo olvidan que la «libertad de opinión» debe realizarse siempre a través de la libertad de asociación y de disolución, y que esta última libertad no existe cuando un prejuicio fuerza a marchar juntas a personas que deberían estar separadas debido a sus divergencias. Este razonamiento erróneo explica de manera parcial el hecho de que el señor Bernstein no ha sido expulsado del Partido Socialdemócrata alemán. No lo ha sido, porque sus nuevos puntos de vista son compartidos por un número considerable de otros socialdemócratas. Por causas que no podemos analizar detenidamente en este artículo, el oportunismo ha ganado muchos seguidores en las filas de la socialdemocracia en varios países. Y en esta difusión del oportunismo radica el mayor peligro entre todos los que nos amenazan en la actualidad. Los socialdemócratas que han seguido fieles al espíritu revolucionario del programa partidario –y afortunadamente casi en todas partes constituyen mayoría– cometerían un error insalvable si no tomaran a tiempo medidas decisivas para combatir este peligro. El señor Bernstein, aislado, no sólo no inspira temores sino que es francamente cómico, un personaje que muestra una desopilante semejanza con el filosófico Sancho Panza. Pero el espíritu del «bernsteinismo» es aterrador como síntoma de una posible claudicación. (...) La pésima traducción del lamentable libro del señor Bernstein ya ha tenido dos ediciones «legales». Probablemente no tardará mucho tiempo en salir la tercera. No hay de qué asombrarse. Cualquier «crítica» del marxismo o parodia del mismo –siempre que esté imbuida del espíritu burgués– halagará indefectiblemente a ese sector de nuestros marxistas legales que representa la parodia burguesa del marxismo». (Gueorgui Plejánov; Cant contra Kant o el legado espiritual del señor Bernstein, 1901) 

martes, 31 de mayo de 2022

Sobrestimar las facilidades de los antecesores e infravalorar las ventajas de tu tiempo, el rasgo de todo filisteo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

«Antes de continuar, habría que remarcar la historia de fantasía que en su día se montó la «Línea de Reconstitución» (LR) para explicar el nacimiento, desarrollo y éxito de los bolcheviques, y de porqué ellos no han tenido un camino ni remotamente similar. 

En primer lugar, lo pintaron todo como si los bolcheviques hubieran contado con un contexto mucho más favorable al hoy existente −¡vaya mala suerte la nuestra!−: «Los marxistas hubieron de resolver tareas políticas muy similares a las que nosotros ahora tenemos planteadas, aunque relativamente más difíciles en nuestro caso, dada la actual crisis del marxismo». (La Forja, Nº33, 2005)

En segundo lugar, describieron que en la Rusia de aquellos días hubo durante diez años seguidos una progresión del estado de ánimo de las masas y el movimiento revolucionario (sic), un: «Estado de ánimo de las masas, en pleno movimiento ascendente desde 1895 −movimiento que culminaría con la revolución de 1905−». (La Forja, Nº33, 2005)

En tercer lugar, dieron a entender que tras la aparición de la ruptura entre mencheviques y bolcheviques en 1903, estos últimos vencieron automáticamente a los primeros −lo cual implica dejar a un lado los intentos de reconciliación y luchas entre ambos que habrían de venir, así como también ignorar muchas otras fracciones y escisiones que surgieron en lo sucesivo−: «Hacia 1903 los marxistas revolucionarios rusos debían cubrir el último tramo de su lucha de desenmascaramiento de las corrientes políticas oportunistas de la época». (La Forja, Nº33, 2005)

En cuarto lugar, por si esto no fuera poco, también se quejaron amargamente de que: «[Algunos] no ven que, en 1903, cuando se crea el primer partido marxista revolucionario ruso, la cuestión de la ideología y de la madurez política estaba relativamente garantizada por 10 años de experiencia política de los marxistas rusos y por el profundo conocimiento de la doctrina de los fundadores del Partido Socialdemócrata Obrero de Rusia (POSDR)». (La Forja, Nº10, 1996)

Echemos un ojo a estos puntos, ya que ninguno es cierto al cien por cien. 

En realidad, los «reconstitucionalistas» siempre han exagerado las dificultades de su época particular −a fin, claro está, de maquillar sus pobres resultados hasta ahora y no hacerse cargo de ellos−, olvidando mencionar las ventajas con las que ellos cuentan que los revolucionarios rusos y otros nunca tuvieron. ¿Cuáles? Empezando con que hoy, en plena era digital, con un par de clics cualquiera puede tener a su disposición las obras completas de casi cualquier autor; con que en el presente todo hijo de vecino puede ir a la biblioteca de la esquina a estudiar tranquilamente a sus referentes; o con que uno puede en su casa o en la copistería de en frente de su barrio imprimir cualquier cosa sin mayor problema. ¿Se imaginan lo que pensarían las figuras del siglo XIX y XX de nuestras enormes facilidades en este sentido? En cambio, ¿a qué tipo de obstáculos se enfrentaron nuestros predecesores cuando deseaban formarse ideológicamente? No era extraño que el material formativo se redujese a unos cuantos libros que iban pasando por las manos de todos los compañeros, siendo estos, no pocas veces, una pobre traducción casera o una traducción profesional que, al ser de las primeras ediciones, también dejaba mucho que desear. ¿Y qué decir cuando surgían dudas sobre temas donde no había referencia a mano? Allí la máxima referencia era consultar a alguien que hubiera tenido el privilegio de leer algo del tema en algún momento remoto de su vida, momento en el que dicho sujeto debía ejercer un arduo trabajo de memorística para rescatar cuales eran los argumentos de ese texto sin incurrir en invenciones o distorsiones, y después de todo razonar si estaba en lo cierto o no. ¡Casi nada!

martes, 17 de mayo de 2022

¿Es cierto que el marxismo menosprecia o cercena el papel del hombre en la historia?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]

«En este apartado abordaremos las clásicas polémicas contra el marxismo, como acusarle de «infravalorar o limitar la actividad trasformadora del hombre»; de plantear que no tiene sentido aquello de que «el ser social determina la conciencia social»; o que «aquello de base y superestructura» es «mecanicista» y «no puede explicar nada», como en su día mantuvieron diversos pensadores, tanto famosos como poco conocidos −Barth, Bernstein, Jaurès, Thompson, Sacristán, Astrada o Montserrat, entre otros−. Aprovechando la ocasión, esto nos servirá para indagar en cómo los discípulos de Marx y Engels se enfrentaron a este tipo de desafíos que sus adversarios lanzaban una y otra vez, por lo que rescataremos los textos clásicos de los Kautsky, Mehring, Labriola, Lafargue, Plejánov o Lenin contra sus adversarios y falsos aliados. Esto será propicio para comprobar que el revisionismo no tiene nada que ofrecer salvo una cabezonería que consiste en la repetición de las viejas habladurías y deseos febriles en donde se toma a la realidad no como es, sino como le gustaría que fuese −lo que les impide aceptarla, conocerla y transformarla−. Una vez repasemos los fundamentos −y no los supuestos− del materialismo histórico, abordaremos esos intentos de sustituir lo que es un conocimiento sosegado de la realidad −a fin de actuar sobre ella− por esa baldía filosofía que se «autoconoce» y «traspasa» todos los límites, algo que bien podría ser firmado por el mismísimo Schopenhauer o Nietzsche.

Paul Barth y su crítica al «economicismo» de Marx y Engels

Sin duda uno de los objetivos de los «marxistas de segunda generación», como Lafargue, Mehring, Kautsky, Plejánov o Labriola, fue el divulgar −con más o menos acierto y rigor− la obra de Marx y Engels. En suma, con la documentación y explicaciones proporcionadas esta labor debería haber sido suficiente para cerrar el debate artificial sobre si se debe considerar la interpretación histórica de Marx y Engels como un «economicismo» vulgar y mecánico. Sin embargo, esto no ha impedido, cómo era de esperar, que cada cierto tiempo los lacayos de la burguesía hayan repetido las mismas acusaciones contra el llamado «materialismo histórico» una y otra vez. Un buen ejemplo de ello es la tesis que presentó Juan Domingo Sánchez Estop en un seminario de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en donde consideró que, en Marx:

«El sentido de la historia se halla predeterminado. Lo cual significa colocar el pretendido determinismo marxista dentro de una teleología histórica universal. La acción de los individuos se halla determinada por la producción material de su existencia. Lo cual equivale a establecer como tesis marxista, no ya un determinismo teleológico sino un determinismo de la causa eficiente de carácter mecanicista». (Juan Domingo Sánchez Estop; Determinismo e historia en Karl Marx, 1984)

Sin embargo, antes que él, ya hubo muchas otras falsas eminencias que repitieron toda esta ristra de sin sentidos, demostrando no haber dedicado un solo minuto a estudiar la obra del autor en cuestión. En su momento, los marxistas de la época ya se encargaron de aclarar varias de estas cuestiones:

«Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. (…) Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta −las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas− ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores. (…) De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado». (Friedrich Engels; Carta a J. Bolch, 22 de septiembre de 1890)

Este comentario ya valdría para cerrar todo el debate sobre si el materialismo histórico de Marx y Engels es un «determinismo económico extremo», de si «reduce la voluntad de los hombres a cero», y otras chorradas que tanto se han repetido cíclicamente. Solamente por el interés supremo del lector, y para constatar la poca originalidad de nuestros críticos, seguiremos con la exposición.

En 1890, en una conocida emisiva, Friedrich Engels respondió a Konrad Schmidt en torno a las diversas opiniones que últimamente venían vertiéndose sobre el materialismo histórico, especialmente aquella acusación que aseguraba que este método «ignoraba el papel que ejercía en las sociedades la política, la moral, la legislación, la psicología y demás», pues «solo tenía en cuenta la economía». En virtud de esto, contestó a su allegado que si este tipo de críticos, como Paul Barth, deseaban comprobar si tal cosa era verdad, podían empezar por revisar de primera mano su literatura. Ahora, otra cosa muy diferente era que estas afirmaciones no fuesen un lamentable malentendido, sino una campaña de difamación calculada con premeditación y alevosía:

«Por tanto, si Barth cree que nosotros negamos todas y cada una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de viento. Le bastará con leer «El 18 de brumario de Luis Bonaparte» (1852), de Marx, obra que trata casi exclusivamente del papel especial que desempeñan las luchas y los acontecimientos políticos, claro está que dentro de su supeditación general a las condiciones económicas. O «El Capital» (1867), por ejemplo, el capítulo que trata de la jornada de trabajo, donde la legislación, que es, desde luego, un acto político, ejerce una influencia tan tajante. O el capítulo dedicado a la historia de la burguesía. Si el poder político es económicamente impotente, ¿por qué entonces luchamos por la dictadura política del proletariado?». (Friedrich Engels; Carta a Konrad Schmidt, 27 de octubre de 1890)

Franz Mehring, en su conocida obra «Sobre el materialismo histórico» (1893), recogió las quejas de Paul Barth, filósofo, sociólogo e historiador que ejerció como docente en la universidad de Leipzig. Él continuó insistiendo en que el método de Marx era «muy indeterminado» y que «solo ocasionalmente explica y fundamenta con algunos pocos ejemplos en sus escritos». Pero su reticencia principal residía en que, a su parecer, no existía «tal primacía de la economía sobre la política». Engels consideró muy positivamente este trabajo de su amigo Mehring, pues destruía las ridículas nociones del señor Barth, quien aún se encontraba anclado en los relatos idealistas que trataban de explicar las cruzadas en Oriente Medio (S. XI-XIII), o las cruzadas bálticas (S. XII-XIII), por meras motivaciones ideológicas como el «fervor religioso»:

«Las verdaderas fuerzas propulsoras que lo mueven, permanecen ignoradas para él; de otro modo, no sería tal proceso ideológico. Se imaginan, pues, fuerzas propulsoras falsas o aparentes. Como se trata de un proceso discursivo, deduce su contenido y su forma del pensar puro, sea el suyo propio o el de sus predecesores. Trabaja exclusivamente con material discursivo, que acepta sin mirarlo, como creación, sin buscar otra fuente más alejada e independiente del pensamiento; para él, esto es la evidencia misma, puesto que para él todos los actos, en cuanto les sirva de mediador el pensamiento, tienen también en éste su fundamento último». (Friedrich Engels; Carta a Franz Mehring, 14 de julio de 1893)

De hecho, el trabajo de investigación histórica de Mehring fue tan fructífero en esos años que también tuvo tiempo de analizar otros conflictos, como la famosa Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En su obra «Gustavo Adolfo II de Suecia la Guerra de los Treinta Años y la construcción del Estado alemán» (1894), expuso una vez más cómo musulmanes, calvinistas, católicos y protestantes se aliaron y se traicionaron mutuamente, siendo el «fervor religioso» un motivo secundario para que los emperadores y príncipes declarasen la guerra o tejiesen alianzas, y la prueba está en que muchos de ellos no tenían problema en cambiar de fe si con eso aseguraban sus posesiones y privilegios. Esto no quiere decir, como algunos han malinterpretado, que toda ideología −política, filosófica, religiosa u otra− sea «falsa» y que no debemos preocuparnos lo más mínimo por estudiar su origen o combatir su influencia. Nada que ver. La ideología, como forma de conciencia social, es el reflejo de unos intereses materiales, y sin hallar estos condicionantes, no podemos comprender las propias ideas y su propia idiosincrasia, especialmente cuando más nos alejamos en el tiempo. Qué cercanas o lejanas estén dichas ideas de la realidad −y a quién representen−, es otro tema, como luego veremos.

lunes, 9 de mayo de 2022

Engels: «Para entender el cuadro general hay que estudiar las partes»

«Si nos paramos a pensar sobre la naturaleza, sobre la historia humana, o sobre nuestra propia actividad espiritual, nos encontramos de primeras con la imagen de una trama infinita de concatenaciones y mutuas influencias, en la que nada permanece en lo que era, ni cómo y dónde era, sino que todo se mueve y cambia, nace y perece. Vemos, pues, ante todo, la imagen de conjunto, en la que los detalles pasan todavía más o menos a segundo plano; nos fijamos más en el movimiento, en las transiciones, en la concatenación, que en lo que se mueve, cambia y se concatena. Esta concepción del mundo, primitiva, ingenua, pero esencialmente justa, es la de los antiguos filósofos griegos, y aparece expresada claramente por vez primera en Heráclito: todo es y no es, pues todo fluye, todo se halla sujeto a un proceso constante de transformación, de incesante nacimiento y caducidad. Pero esta concepción, por exactamente que refleje el carácter general del cuadro que nos ofrecen los fenómenos, no basta para explicar los elementos aislados que forman ese cuadro total; sin conocerlos, la imagen general no adquirirá tampoco un sentido claro. Para penetrar en estos detalles tenemos que desgajarlos de su entronque histórico o natural e investigarlos por separado, cada uno de por sí, en su carácter, causas y efectos especiales, etc. Tal es la misión primordial de las ciencias naturales y de la historia, ramas de investigación que los griegos clásicos situaban, por razones muy justificadas, en un plano puramente secundario, pues primeramente debían dedicarse a acumular los materiales científicos necesarios. Mientras no se reúne una cierta cantidad de materiales naturales e históricos, no puede acometerse el examen crítico, la comparación y, congruentemente, la división en clases, órdenes y especies. Por eso, los rudimentos de las ciencias naturales exactas no fueron desarrollados hasta llegar a los griegos del período alejandrino, y más tarde, en la Edad Media, por los árabes; la auténtica ciencia de la naturaleza sólo data de la segunda mitad del siglo XV, y a partir de entonces, no ha hecho más que progresar constantemente con ritmo acelerado. El análisis de la naturaleza en sus diferentes partes, la clasificación de los diversos procesos y objetos naturales en determinadas categorías, la investigación interna de los cuerpos orgánicos según su diversa estructura anatómica, fueron otras tantas condiciones fundamentales a que obedecieron los progresos gigantescos realizados durante los últimos cuatrocientos años en el conocimiento científico de la naturaleza». (Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1880)